Hace unos meses estaba en un mega almacén, los altavoces promocionaban un basurero a mil pesos, como estaba buscando uno, me dirigí al pasillo central. En el camino me encontré con personas que venían en sentido contrario con un pequeño balde plástico, el basurero. Era evidente que no era adecuado para esa función y que las personas no habían tenido tiempo para preguntarse si realmente lo necesitaban o para qué iban a usarlo, simplemente costaba mil pesos y mil pesos no es nada.
Cada vez que paso por los escaparates de estos comercios atestados de productos de dudosa utilidad, me pregunto quién los compra. Porque, aunque parezcan vivir eternamente en las vitrinas o en los anaqueles, alguien debe llevarlos o no sería rentable.
Hace varias semanas visité el mall chino de San Diego. Buscaba un celular con un chip de determinada compañía, porque me contaron que en el extranjero se puede cambiar el chip por otro local y evitarse el Roaming. Me encantan estas ingeniosas tretas con las que la gente burla a las grandes compañías; me deleito pensando en el dinero que gastan en financiar investigaciones para descubrir nuevos servicios por los cuales cobrar más caro mientras en un barrio de Santiago, una persona común descubre un desvío sin costo.
Recorriendo el mall chino quedé sorprendida y apenada. Lo mismo me ocurrió esta semana en Meiggs. Encontré unos pijamas de una tela que llega a echar chispas; acercarse a una estufa vestida así, implica un riesgo. Las sábanas parecen lijas y las frazadas, telas de cebolla; si llegan a calentar, se debe exclusivamente a las fibras sintéticas; también la ropa de alta montaña y la de los astronautas es de fibra, pero las calidades no tienen comparación. Cuesta pensar que el roce de esa tela barata no haga daño a la piel, que propicie el descanso y el buen sueño.
Hace no tantos años el barrio Meiggs era conocido porque se podían comprar gallinas, pollos, patos, gansos, conejos, alimentos para pájaros y un sinnúmero de otros productos que venían de la provincia. Un poco más allá de los locales, en la misma calle Exposición había un puñado de bares populares, recuerdo que en uno comí por primera vez un cocimiento. Hoy en el mismo lugar se compran productos de mala calidad fabricados en países donde los obreros no tienen ningún derecho ni posibilidad de organizarse y por ello, son explotados. Observo la alegría en los rostros de los compradores; veo el sueño de convertirse en consumidores; imagino que una o dos generaciones atrás, sus padres o abuelos dormían de a cuatro en una cama, sin sábanas, con solo una gruesa manta de lana de oveja o Chiteco fabricada en Chile.
Imagino a los que compran en el barrio alto las sábanas de 600 hilos y los cobertores con plumas de pecho de ganso; son los mismos que enarbolan las cifras del crecimiento económico y que de paso integran una de las 4 mil 459 familias, con un ingreso autónomo promedio mensual de $19 millones. Pertenecen al 0,1% de los hogares más ricos que manejan el país y son los principales accionistas de los 114 grupos empresariales o ejecutivos que sirven a las empresas que pertenecen a estos Holdings.
Estos datos, entregados por La Fundación Sol, van más allá: “cuando países como Australia, Bélgica, Estados Unidos, Holanda, Canadá o Francia tenían el mismo PIB per cápita ajustado por paridad de poder de compra que hoy tiene Chile, su salario mínimo por hora era en promedio el doble que el que exhibe nuestro país en la actualidad”.
En Barcelona, México y Buenos Aires existe un circuito alternativo de turismo: consiste en visitar las fábricas e industrias abandonadas, manzanas y manzanas de ruinas, muros, chimeneas, portones, los restos de una industria nacional en las que se fabricaron frazadas que duraban toda la vida, sábanas, enseres domésticos, electrodomésticos… Cuando no existían las exportaciones de artículos de mala calidad y corta vida, cuando existía el movimiento obrero con sus luchas y sus victorias; cuando el trabajo tenía un valor; cuando éramos países que producían para abastecer a su población y nuestro vecino, con su trabajo, llevaba a nuestra casa, el sueño. Hoy existen 4 mil 459 familias que duermen en sábanas de 600 hilos y cobertores de pluma de pecho de ganso. Los demás nos cubrimos con telas de cebolla que se deshacen como nuestro sueño.

