Vida y Estilo

jun
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CAER

Posteado a las 15 de Junio de 2012 - 11:59 7 comentarios
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gentileza Mar�a Aramburú

gentileza María Aramburú

Una imagen me persigue. La he encontrado con variantes en cinco años. Hay algo que hace distinto a esta imagen de otras, que me hace fijarla en la memoria de forma que, siendo menos frecuente que otras, no desaparece de mi mente como las escenas de una película o ciertas conversaciones. Tengo la sensación de que estas imágenes repetitivas quieren decirme algo, como si me estuvieran hablando al oído, escucho su murmullo, su urgencia, pero no comprendo totalmente el mensaje y por eso se presentan nuevamente, con el propósito de que yo alcance a comprender algo esencial que se me escapa.

Hace unos cuatro  años salí de mi casa en dirección al centro; esperaba en la esquina a que cambiara la luz del semáforo, la vereda opuesta está a una altura más alta de lo normal respecto al nivel de la calle, a unos 40 cms, y se hace necesario levantar una pierna y tomar impulso con la otra para subir.       Nunca antes me fijé en ese detalle y no lo hubiese hecho si no hubiese sido por las dos ancianas que estaban allí, vestidas con elegancia, con sus trajes de dos piezas, y parecían tener algún problema del que no podían salir. Una de ellas estaba arriba de la acera y la otra en la calle. Me pareció extraño, tomando en cuenta las precauciones que asumen los ancianos al salir de sus casas, que una de ellas permaneciese en la calle tan cerca de los autos que pasaban.

Al aproximarme me percaté que lucían sumamente angustiadas. La que había logrado subir los 40 cms intentaba jalar a su amiga, quien no conseguía salvar esa distancia ridículamente pequeña para cualquiera menos para ella. “Mire lo que son las cosas, dijo la más ágil, yo no tengo fuerzas para alzarla y ella no puede sola, quién hubiese pensado que íbamos a llegar a esto”. La cogimos entre las dos, de los sobacos, y pudimos izarla a la vereda como si fuese un peso muerto. La mujer me agradeció entre avergonzada y exhausta.

Durante años la imagen de la mujer que no podía subir esos 40 cms de desnivel me rondó.

El año pasado caminaba con prisa por Providencia, era pleno día, con transeúntes que iban y venían. En un momento el tumulto se abrió y, en el centro, apareció una anciana semi desnuda de la cintura hacia abajo. Se le había resbalado la falda. La enfermera o acompañante temía soltarle el brazo para agacharse a recoger la falda, por miedo a que la anciana perdiera el equilibrio si la dejaba sola. Lo que más llamó mi atención fue la actitud de la anciana mujer; no era calma, era naturalidad, como diciendo: así están las cosas, de un momento a otro mi cuerpo no alcanza a sujetar la ropa que cae al suelo, yo quedo desnuda en el medio de la calle, la persona a la que pago para que me acompañe no puede hacerse cargo de la situación y ya no tengo nada más qué hacer.

La imagen de aquella mujer inmóvil, desnuda de la cintura para abajo, en medio de la gente, me hizo perder el equilibrio, tuve la sensación de que, así como la falda, yo también caía. Y a pesar que tenía la mía bien sujeta a la cintura, supe que un día iba a perderla.

El tercer acontecimiento ocurrió en Buenos Aires. Estaba de visita y, a pesar de tener un mapa, me perdí. La desorientación me causó angustia y decidí volver al departamento en el que temporalmente vivía; mientras caminaba, procurando no extraviarme, pensaba en la fragilidad que significa estar en una ciudad en la que no conoces hitos o mojones de los cuales agarrarte. Me faltaba una cuadra para llegar cuando noté un grupo de personas que observaban algo que había caído en el pavimento, ese algo era un anciano. Tenía un lado de la cara morado y sangraba de la cabeza. Alguien le había puesto una chaqueta para que estuviese más blando. No supe si había caído desde el balcón de un departamento, no parecía que lo hubieran atropellado y era imposible que un tropezón causara tamañas heridas. Uno de los transeúntes le preguntó si tenía el número de teléfono de alguien a quien quisiera llamar, el anciano hizo un movimiento imperceptible con la cabeza, un movimiento para decir no. Al igual que la mujer que perdió su falda o la que no pudo subir a la vereda, lo que me impresionó fue la naturalidad con que asumían lo que estaba ocurriendo.

Desde entonces estas imágenes no han cesado de presentárseme, no sé lo que me quieren decir, mantengo mis oídos abiertos, a la escucha, a la espera de entender algún día estas caídas, esta forma de morir.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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