En las 12 hectáreas que albergan la Feria del Libro de Buenos Aires, en uno de los cinco gigantescos pabellones poblados por editoriales y distribuidoras; en una de las esquinas más alejadas del tráfico, constreñidos por cuatro paneles que impiden el contacto entre el interior y el exterior, pero que filtran la algarabía de los altoparlantes que promocionan los best sellers, hace dos horas que cuatro escritores conversan sobre quiénes son los más grandes escritores de Latinoamérica; si es posible establecer una lista o no, quién construye la lista, a qué intereses obedece que dejen a algunos afuera y a otro adentro; cuando un asistente del público levanta su mano y pregunta: ¿Para qué escriben los escritores?
Parece una burla hacer esa pregunta en ese minúsculo lugar cuando del otro lado de los paneles hay al menos 5 hectáreas pobladas de grandes (y unas pocas medianas) empresas editoriales y de distribución, que ofrecen un millón de títulos para la venta a millones de asistentes que caminan, conversan, ríen y comen por los pasillos de los cinco pabellones de la Feria; sobre todo si consideramos que los libros de los cuatro autores deben ocupar cuando mucho medio metro cuadrado.
Al salir de la sala y enfrentarme ante una multitud que no me dejaba avanzar ni mirar a los costados, sentí que trastrabillaba, no física, sino emocionalmente. Las personas que paseaban por la Feria, en su mayoría, no eran lectores. Es fácil identificar a un lector por la forma cómo se acerca a mirar o a coger un libro. Me pregunté para qué estaban allí. Había familias buscando pasar las últimas horas del domingo, grupos de jóvenes que miraban jovencitas y viceversa, amigas solitarias que habían quedado de juntarse allí, padres separados que tenían turno con sus hijos… Afuera hacía frío por lo que supuse que algunos buscaban calefacción, novedad, tema de conversación durante la semana, un regalo, un lugar en el que hacer shopping, liquidaciones, ser parte del grupo que va todos los años a la Feria del Libro… no lo sé.
Intenté ponerme en el lugar de alguien que, no sabiendo nada o casi nada de literatura, se ve enfrentado a tener que escoger un libro entre un millón: ¿cómo lo hace?, ¿por la portada, lee la contratapa, le llama la atención una palabra, le pregunta a un vendedor? ¿Por qué no va a escuchar a alguno de los escritores que hablan sobre literatura en las pequeñas salas de los costados?, ¿no les causa curiosidad escuchar a alguien que escribió lo que ahora observa?
Se me ocurrió que ante la pregunta para qué escribe un escritor, podría oponerse la pregunta: para qué lee un lector. Una vez formulé esa pregunta en un liceo en Temuco. Los estudiantes se quejaban de que los profesores los obligaban a leer y buscaron en nosotros (éramos dos escritores) complicidad. Les pregunté para qué leían, rieron, se miraron, uno dijo que para vivir otras vidas diferentes a la suya. “Conocer otros mundos” dijo una jovencita. También comencé a leer por esa razón. Se esperaba de mí (la familia, la escuela, la sociedad) buenas notas que me permitiesen entrar a la universidad, ojalá no tener novio serio antes de titularme, titularme, encontrar un buen trabajo, casarme, tener hijos, ver a mis padres los domingos, tener más bienes, más éxito profesional, ascender… Me sentía impotente ante eso que se me venía encima, una vida en la que me limitaría a llenar casilleros, me sentía abrumada y no sabía qué hacer; ¿sacarme malas notas, reprobar el año, no casarme ni tener hijos, convertirme en una mendiga?
Entonces descubrí los libros. ¿Cuántas vidas diferentes conocemos en una vida? Cien, doscientas. ¿Cuántas de ellas son realmente diferentes a la nuestra? ¿Cinco, diez? En los libros encontré no solo vidas diferentes, sino ideas diferentes. De pronto, el camino que ya estaba pre diseñado para mí no era tal. Habían desvíos, ramas, encrucijadas, vías alternativas, otros lugares de llegada, muchos otros… y dejé de sentirme sola, incomprendida, pero no la única.
Desde entonces la literatura fue para mí un mundo paralelo a la realidad. Un mundo en el que refugiarse y aprender otras formas de mirar y de comprender el mundo real desde una actitud crítica y pensante; un espacio donde reunir energías para salir al mundo real con la certeza de que hay otro de ficción esperándonos en casa o en el bolso; dos mundos que coexisten: el real y el ficcional, dos tiempos, personas y personajes.
La literatura son verdades incómodas, que no giran en el mismo sentido de la rueda porque abren la posibilidad de que paralelamente a este mundo real exista otro en el que podemos sumergirnos y vivir, derrochar el tiempo, que en este gastamos en consumir y producir, en imaginar. Los libros han sido históricamente combatidos, quemados, requisados, censurados, porque tienen ese poder. Se gastan tantas palabras en hablar de la muerte del libro de papel a manos del libro digital. Lo que se está matando es el tiempo de la lectura, lo que se está cerrando es esa puerta mágica que abre a ese otro tiempo por el que podríamos salir del casillero.
En las Ferias, antes de llevar los libros para disponerlos vistosos y que luzcan apetitosos en los mesones, se les clausura esa puerta. Las editoriales, las distribuidoras, necesitan personas que se titulen, que ganen un buen sueldo, que consuman, se casen, tengan hijos, para que compren? O sino, ¿cuál sería el negocio si el lector escapara?
¿Para qué escribe un escritor? Y un lector, ¿para qué lee?

