El niño sentado en el asiento contiguo me enseña con altanería a usar el control de la Tv y de la luz del avión. Me enseña a saltarme la publicidad y a encontrar las películas, me enseña a ubicar las estaciones de radio. Mientras él ve una película sobre un niño de su edad que lucha a muerte contra el mal que amenaza tomarse el mundo, yo sigo las peripecias de Violeta Parra en la película de Andrés Wood; es difícil saber dónde está el mal, mal y bien coexisten en uno, en el otro y en el mundo. Mi vecino, en cambio, no tiene cómo perderse; a un lado los buenos, nobles, justicieros; del otro lado, los malvados, con feos sentimientos, vengativos. Me pregunto dónde se ubicará él cuando sienta temor o el deseo de actuar mal, cuando sienta el impulso de agredir.
A la hora de cenar, el niño pide pasta con pollo y yo salmón; pide gaseosa y yo vino y whisky. No toca las verduras. Come el pan, los tallarines y el pollo. Su madre viaja varios asientos más atrás. Le pregunto si se siente nervioso, me dice con suficiencia que está acostumbrado a viajar en avión. Poco después se duerme con su cabeza sobre mi hombro.
Por la mañana, sintonizo una película romántica sobre dos jóvenes que tras sostener un amor de verano, se separan y se vuelven a encontrar, hasta que ella sufre demencia senil y él, en un gesto de amor inmenso, se va a vivir con ella a un hogar de ancianos y todos los días le cuenta la historia de amor que vivieron juntos y que ella toma por una novela. El niño no toca el desayuno. Sigue una película sobre una adolescente traicionada por un joven que pertenece al bando que quiere destruirla. Advierto que desliza su bandeja hacia atrás para no mancharse, en cambio, yo tengo la polera toda manchada. Su madre le pide que se ponga los pantalones (viaja en short) porque en Madrid hará frío, le dice que se los pondrá al bajar. No hablan del padre. Cuando nos separamos, me pregunto por nuestras diferencias; el chico es mucho más rápido y despierto en el manejo de la tecnología pero, ¿qué pasará por su mente mientras ve esas películas de traiciones, violencias, soledades? Las películas, los libros, la música van modelando nuestras mentes, se convierten en amigos con autoridad, saben de lo que hablan porque han vivido más que nosotros. O quizás al niño no le tocan las películas que ve y todo, hasta yo, pasa sin tocarlo. Si es así, ¿cuáles fueron sus sueños?
Desde que me subí al avión escuché una voz de tono neutro y un leve dejo metálico, que me hizo pensar que hablaba pero no escuchaba ni podía responder. Al bajar n el aeropuerto de Barajas, se suceden muchas voces iguales. Vienen de los altoparlantes.
Siento extrañeza al llegar a otro país. A pesar de que las diferencias entre países son cada vez menores y que uno sabe que funcionará la misma tarjeta bancaria, beberá el mismo café cortado y las calles tendrán semáforos, de todas formas, en el estómago se mantiene una cosquilla, mezcla de temor y expectativa ante lo que podría devenir diferente.
Subo escaleras mecánicas, camino por pasarelas mecánicas, plataformas metálicas, llego a una pared de vidrio detrás de la cual espera un tren que me transportará hacia mi equipaje. Al entrar al vagón, la voz metálica ya está allí anunciándome adónde debo ir. Es el único sonido en el vagón, tiene un leve acento español, demasiado aséptico para pertenecer a una persona; siendo femenina, no presenta ningún rasgo que la haga humana.
Recuerdo haber leído en Extranjeros para nosotros mismos de Julia Kristeva que en la Antigüedad, los extranjeros acampaban en las afueras de la ciudad. Esperaban al otro lado de las puertas a que les permitiesen entrar. En el campamento se constituía una especie de mercado donde comenzaba el intercambio, porque los extranjeros viajaban para intercambiar, productos, conocimientos, informaciones. Imagino la expectación que debían sentir al ver las gigantescas puertas de la ciudad, al escuchar las voces, los gritos, la música. Esas voces humanas eran su primer conocimiento de lo otro.
Llevo más de una hora sin escuchar una voz humana. Al acercarme a la puerta del vagón para salir a la superficie por primera vez, siento olor a alcohol. Son dos mujeres españolas que han estado bebiendo y ahora vuelven a casa. Es el primer rasgo humano que veo desde que me separé del niño.
El amigo que va a alojarme no está. Calle abajo encuentro un locutorio de un árabe que apenas entiende lo que digo. Mi amigo está en un bar cercano. De camino a encontrarme con él, me cruzo con gitanos, más árabes, indios, coreanos. Todos ellos arrastraron alguna vez una maleta sobre las calles empedradas de la Latina, esperando escuchar una voz humana. Abro la puerta del bar y me llegan las voces, las risas, los gritos y la música.
Los extranjeros eran bienvenidos a las ciudades porque traían la novedad, lo desconocido. Cuando llegaron las pestes y las enfermedades se tomaron medidas como la cuarentena. Con el correr de los siglos los extranjeros fueron vistos como sospechosos. Hoy son recibidos por una voz que, sin aproximarse, les va diciendo lo que deben hacer hasta que salgan a la superficie. Solo entonces se encuentran con la voz de la ciudad. Lo que esa voz les diga, será un secreto para cada uno. Me pregunto qué habrá pensado el niño cuando salió a la superficie y escuchó nuevamente voces humanas, ¿los habrá visto como enemigos a los que algún día tendrá que eliminar para hacer prevalecer el bien sobre la tierra?

